
Desde que te fuiste, he pedido y rogado tantas veces con toda mi alma, a Dios y a ti, poder sentirte, saber que estás ahí…Ya que llegar a verte, es imposible, al menos para mí.
Abrí la escalera plegable para acceder a la planta que estaba sobre un mueble alto, que había en el salón; mi propósito era quitarle las amarillentas hojas muertas que tenía y echarle un poco de agua.
En ello me encontraba, cuando noté cómo alrededor de mi cintura piernas y pies, unas manos sujetaban fuertemente esas partes de mi cuerpo.
Me extrañó bastante, pues me encontraba sola en la casa. No puse demasiada atención, pensé que serían imaginaciones mías, y seguí con mi tarea.
De repente, sentí cómo una mano se aferraba a mi pie derecho, agarrándolo con firmeza a la altura del tobillo, fijándolo al peldaño de la escalera.
Esta vez, si me extrañó, y giré la cabeza hacia atrás para comprobar quien me sujetaba. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando vi que no había absolutamente nadie, pero yo seguía sintiendo la presión de las manos en mi cintura, piernas y pies.
Decidí dejar de quitar hojas a la planta, y bajar de la escalera, para mirar por toda la casa, a ver si descubría algo o alguien.
Al comenzar a descender, de nuevo noté las manos; ésta vez me cogían de la cintura y de un brazo, ayudándome, así, a bajar.
Suavemente, me condujeron a un sillón que había en un rincón del salón de la casa, mientras, yo preguntaba en voz alta, repetidamente y con cierta desesperación: “¡Quien eres, quien eres!
Comencé a nombrar a familiares y amigos ya desaparecidos, y tras cada nombre que pronunciaba, las manos cogían delicadamente mi cara, haciéndola girar de izquierda a derecha, en sentido de negación.
En una pared, junto al sillón, colgada de un clavo, pendía una foto, y una vez que las manos me dejaron acomodada blandamente en él, cogieron nuevamente mi cara, esta vez por la barbilla, y me la hicieron volver hacia la pared, donde estaba la foto. Al mirarla, supe a quien pertenecían aquellas suaves, cálidas y agradables manos.
Se apoderó de mí una sensación difícil de describir; sentí una enorme explosión de alegría, paz, satisfacción y ganas de llorar, que estremeció mi alma, dándome la impresión de estar flotando en una nube.
Abrí los ojos de repente, para comprobar que estaba en la cama, y no-como yo hubiera deseado- sentada en el sillón del salón.
Me entristecí al ver que, efectivamente, permanecía acostada; lo había soñado.
Ya no quise volver a conciliar el sueño, para poder pensar y repasar en mi mente lo que había sentido. Quería comprobar si en verdad había sucedido todo.
Había sido un maravilloso sueño, del que no me hubiese importado no despertar.
Pero me quedaron la alegría y la paz que esas queridas manos me transmitieron; fue todo tan grato y real…
A la memoria de mi queridísimo hermano al que siempre llevo dentro de mí.
Gracias por regalarme este maravilloso sueño.
Dos de diciembre de dos mil ocho.